Los vecinos

Los vecinos
Aquí estamos los vecinos del edificio. Ilustración: Axel de la Rosa

lunes, 18 de junio de 2018

GOL POR LA ESCUADRA

Dos días antes del primer partido de España en el Mundial, doña Monsi cesó a Yeison. A la presidenta no le gustó nada que él, como máximo responsable de lo que ocurre en el edificio, no se hubiera enterado de que Eisi había instalado en el rellano del ático una pantalla gigante para ver los partidos del Mundial. A la destitución siguió un corte general de luz. Eisi, envuelto en un chándal a franjas rojas y amarillas, montó en cólera y amenazó con denunciar a doña Monsi por apropiación indebida.
-Eso no me lo dices delante de un juez -le retó la presidenta pero, como todo estaba oscuro, se lo dijo a la pared y esta no le respondió. Mejor. 
Ante la irrevocable decisión de la presidenta, y ya en vísperas del partido España-Portugal, Eisi devolvió a la tienda la pantalla gigante e invirtió el dinero en un ipad y en una batería cargada con capacidad para todo el mes.
Pronto, la situación de abandono del edificio, empezó a generar quejas entre los vecinos.
-¿Y ahora por culpa de este imbécil yo no puedo subir en ascensor? -se enfadó Úrsula al ver que seguían sin luz.
-Odio el fútbol -confesó su hermana Brígida-. Es que no sé ni quién es el seleccionador.
-Yo aprendido había decir Lo-pe-te-gui pero ahora ya no ser -lamentó Xiu Mei agitando una banderita de España y practicando la pronunciación de las dos erres de Hierro.

-Y encima las escaleras están que no hay quien suba por ellas -suspiró la Padilla.
-¿Y eso? -preguntó Brígida.
-Oh? ¿Pues no ves cómo están? -y señaló hacia una jauría de pelusas.
-¿Y eso?
-¿No te has enterado? Carmela ha dimitido.
-¿Y eso?
-Fraude.
-¿Y eso?
-Oye, ¿tú no sabes hacer otra pregunta?
Atraída por el cuchicheo de sus vecinas, María Victoria se unió al corrillo.
-¿Problemas con Hacienda?
-No. Lo suyo fue con la lejía -aclaró la Padilla.
-¿Trincaba?
-Más bien la trancaron engordando el recibo que pasaba a la comunidad.
-¿Y eso? -preguntó Brígida que al ver la mirada matadora de la Padilla rectificó-. Y eso es robar.
En ese momento, un papel lanzado por el hueco de la escalera cayó sobre las mujeres. Úrsula leyó en voz alta.
-Esta tarde, anunciaré los nombres de los nuevos responsables de la intendencia del edificio y de la limpieza de las escaleras. Firmado, la presidenta.
Desde las siete, todos, menos Eisi que estaba enganchado al ipad para ver el debut de España en el Mundial, nos reunimos en el portal a la espera de las novedades.
-¿Necesita micrófono? -le preguntó Yeison a doña Monsi cuando la vio llegar.
-Aléjate, impresentable. Estás cesado -aseguró ella, acompañada de dos señoras con el mismo peinado atiborrado de laca.
-Mami, ¿esas no son clientas tuyas? -preguntó Yeison.
-¡Silencio! -interrumpió la presidenta-. Desde hoy, Lola y Lala se encargarán de lo que hacían Yeison y Carmela.
-Presidenta, ¿quién hará qué? -preguntó Brígida.
-Lala limpiará las escaleras -dijo.
-Se equivoca. Yo me encargo de la intendencia -corrigió Lala.
-De eso nada. Tú te encargas de las escaleras -se le encaró Lola.
-A mi no me discutas ¿eh?
-Y tú a mi no me toques ¿eh?
Las dos mujeres terminaron empujándose e increpándose.
-¡Basta! Lola, la intendencia y Lala, las escaleras -gritó doña Monsi y se marchó dejándonos con aquellas dos mujeres que no paraban de hiperventilar.
-¿Y quién es Lala? -preguntó Brígida.
-Yo soy Lala.
-No, yo soy Lola.
Señoras, por favor, no se alteren más -terció Úrsula justo en el momento en que Eisi, alongado por el hueco de las escaleras, gritó desaforado: ¡Goooooooool!
-¿De España? -preguntó Lala ¿o Lola?
-Niña, esto hay que verlo -dijo Lala o Lola y una de las dos le arrancó a Xiu Mei de las manos la banderita mientras subían las escaleras cantando "OeOeOeOé Oe...".
-Esto va de mal en peor -se quejó la Padilla.
-¿Y eso? -preguntó Brígida.

lunes, 11 de junio de 2018

EL MINISTRO


(La pasada semana les conté que Eisi había alquilado el ascensor a un tipo que aspiraba a conseguir una de las plazas del viaje sin retorno a Marte, organizado por la NASA. Nuestro vecino logró convencer a Guayota I, que es como bautizamos al astronauta, de que el ascensor era lo más parecido a una nave espacial para que se preparara física y mentalmente. El hombre aceptó la propuesta por un par de billetes al día).
La dureza del entrenamiento en aquel espacio reducido, sin contacto humano, sin aire y sin comida sumió a Guayota en una gravedad extrema cuando lo que, en realidad, necesitaba era gravedad cero. Los quejidos provenientes desde el interior del ascensor, conmovieron a Brígida que se dedicó a pasarle de estraperlo al astronauta barritas energéticas.
Todo marchaba más o menos tranquilo hasta que el miércoles a mediodía, Yeison llegó gritando.
-¡Hay que sacarlo de ahí!
-¿Por qué? ¿Acaso está infectado? -se asustó Brígida.
-No. Ese hombre es un ministro.
El silencio que siguió a estas palabras solo se rompió con el sonido gutural tipo puerta desengrasada que soltó la Padilla.
-Que sí, lo acabo de oír en la radio. El presidente del Gobierno ha nombrado ministro al astronauta.
-Chacho? Invéntate otra -se vaciló Eisi.
-Que sí -insistió Yeison-. Lo juro for mai mader.
-Es verdad dice él -aseguró Xiu Mei-, yo oír también tele que un duque ser astronauta nombrar ministro.
-Pero, aclárense -exclamó Brígida-. ¿Es duque, astronauta o ministro?
-Yo oír todo junto en tele mía.
-A ver señores -interrumpió Eisi apuntando con un levantamiento de cejas a Xiu Mei-, que la señora es china y se entera de la misa la mitad.
-Yo no voy misa, yo practicar confucionismo casa mía- dijo ella.
-Y la confusión también, señora. Así que no lo líe más.
-Oigan, pues va a ser verdad -señaló Carmela mientras nos mostraba su móvil-. Me acaba de llegar un wasap al grupo de "Afectadas por las pelusas".
-Entonces no hay duda. Está confirmado por varias fuentes. A Guayota lo han nombrado ministro. Hay que sacarlo de ahí ya mismo -advirtió Yeison.
-Un segundo; no abran la puerta todavía -pidió Brígida-. Si es ministro habrá que tratarlo con todos los honores ¿no?
-Pues sí. Ahora es un alto cargo -apuntó Úrsula.
-Rápido, que alguien traiga una alfombra roja -pidió Yeison.
-¿Tu estás tonto o qué? Vamos, hombre? Con la de pelusas que hay en este edificio, aquí no se pone ninguna alfombra -le advirtió Carmela con la fregona en posición ataque inmediato.
Yeison se marchó y, en apenas dos minutos, regresó con algo rojo entre las manos que dejó caer al suelo.
-¿Y eso? -preguntó la Padilla.
-Supermán.
-Vaya, y yo que me lo imaginaba más fornido y esas cosas -comentó María Victoria desanimada con los ojos clavados en aquel trozo de tela.
-Por favor, esa es la capa de mi disfraz de Supermán -aclaró Yeison al tiempo que la estiraba a modo de alfombra por fuera del ascensor.
Cuando todo estaba listo para abrir la puerta y liberar al ministro, Carmela alertó agitada.
-¡Quietos! He salido a tirar el cubo de agua a la calle y he visto un furgón negro aparcado en la esquina.
-Dios mío. Lo van a secuestrar -se horrorizó Brígida.
-Tenemos que cambiar de estrategia -propuso Yeison y, ante el temor de que hubieran colocado micrófonos ocultos en el portal, escribió en un papel lo que harían.
Apenas unos minutos después, Carmela abrió la puerta del edificio y Guayota salió calle abajo con la capa de Superman ondeando.
-Los hemos despistado. No creerán que es un ministro -se felicitó Yeison.
De repente, tres hombres vestidos de negro se bajaron del furgón y entraron en el edificio.
-¿Dónde está? -preguntó uno de ellos.
-Caminito de Moncloa -dijo Brígida, sacando pecho.
-Señora, me refiero al cable de televisión. Nos han llamado para que instalemos una pantalla gigante en el ático para ver el Mundial de Fútbol.
Es por aquí -les indicó Eisi a los tipos mientras contaba los billetes que el ministro le había pagado por el alquiler del ascensor.



lunes, 4 de junio de 2018

FALTA DE CONSENSO

El ascensor vuelve a estar clausurado y no porque se haya roto como es lo habitual en este edificio. Esta vez, Eisi ha decidido alquilarlo a un tipo que conoció en el bar y que se ha apuntado a una lista de la NASA que busca candidatos para un viaje sin retorno a Marte. A nuestro querido vecino se le ocurrió la brillante idea de que el susodicho aspirante podría prepararse física y mentalmente en nuestro ascensor y, de paso, sacar tajada. Y ahí lleva siete días encerrado el tal Guayota I, como lo hemos bautizado. Sin aire, sin comida y parriba y pabajo. Obviamente, la presidenta, doña Monsi, no sabe nada y le hemos hecho creer que el aparato se ha vuelto a estropear.
-Esto es de una gravedad extrema -se quejó Brígida el martes cuando Eisi metía a Guayota en el ascensor.
-Pues por lo que he oído, más bien lo que necesitan los astronautas es gravedad cero -comentó Yeison moviéndose a cámara lenta como Neil Armstrong antes de meterse en el traje con el que pisaría la luna en el 69.
-Yo creo que teníamos que haber hecho una votación y no meter a un desconocido ahí dentro -dijo Carmela, harta del colapso de tráfico que se le ha vuelto a montar en la escalera.
-Totalmente de acuerdo. Era mejor con consenso -añadió Yeison.
-¿Qué es eso? -preguntó Brígida a su hermana.
-¿El qué?
-El consenso.
-Creo que un derivado de la leche condensada o algo así. Vamos, nada bueno. Con el azúcar que tú tienes, ni se te ocurra probarlo -le advirtió Úrsula.
-Bueno, ya está -dijo Eisi- en cuanto el nota esté bien entrenado se marchará. Además, ya he cerrado entrevistas en Telecinco y puede que nuestro astronauta acuda como invitado sorpresa a la final de Supervivientes.
Este anuncio acalló cualquier crítica. Las hermanísimas, la Padilla, María Victoria, Xiu Mei, su marido y el mismísimo Yeison se imaginaron a sí mismos rodeados de micrófonos y cámaras contando cómo el astronauta que iba a viajar a Marte se había preparado en el ascensor de nuestro edificio.
-Si nos repartimos las entrevistas, yo me pido Ana Rosa -propuso María Victoria emocionada.
La semana transcurrió sin incidencias hasta que, el viernes a mediodía, Carmela escuchó cómo, un par de pisos más abajo, alguien abría la puerta del ascensor. El grito que pegó por el hueco de la escalera nos movilizó a todos.
-Tanta alarma y seguro que es para contarnos que ha encontrado una especie nueva de pelusa -se quejó Úrsula mientras acudíamos a su encuentro.
-Doña Monsi ha entrado en el ascensor -confirmó Carmela con la cara descompuesta.
-Jiuston, tenemos un problema -exclamó Yeison.
-Claro. Habrá creído que ya estaba arreglado -supuso Brígida señalando a María Victoria que aguantaba el cartel de "clausurado" entre sus manos.
-¿Pero qué demonios haces tú con eso? -le increpó Eisi.
-Lo cogí para echarle un poco de abrillantador. ¿Y si vienen los de la tele?
-Pobrecilla, seguro que ella le ha puesto consenso al café y se ha venido arriba -susurró Brígida a su hermana.
-A ver, un poco de calma -pidió la Padilla-. Carmela, ¿cuánto hace que doña Monsi entró en el ascensor?
-Unos cuatro minutos.
-Desde la última vez que lo arreglamos, el aparato tarda cuatro minutos y treinta segundos en llegar al portal -apuntó Yeison.
-Pues nos quedan diez segundos -dijo Eisi mirando su reloj y apurándonos para que le siguiéramos escaleras abajo.
Justo cuando llegamos, la puerta se abrió.
-Tú -dijo la presidenta señalando a Carmela mientras salía del ascensor-, las pelusas están colonizando el edificio. Hay una gigante ahí dentro.
Cuando confirmamos que se alejaba calle abajo corrimos hacia el ascensor y, allí, enroscado como una bola en el suelo, encontramos a nuestro astronauta. Yeison logró reanimarlo con un par de aceitunas aunque Brígida insistió en que un poco de consenso le vendría mejor.
Ya por la tarde, y tras confirmarle a Guayota que estará en la final de Supervivientes, Eisi volvió a colgar el cartel de "clausurado". El entrenamiento sigue adelante.

lunes, 28 de mayo de 2018

LO QUE SE LLAMA UN PUCHERAZO
Cuando encontramos a Brígida sudando como un pollo en medio de la escalera y preguntando si habíamos visto a su hermana pensamos que sufría un sofoco menopáusico pero María Victoria, desconfiada, hizo un cálculo digital y, tras agotar los dedos de las dos manos, confirmó que nuestra vecina habría superado esa etapa hacía una década. Yeison insistió en que tenía que haber una explicación científica y generó un debate que desembocó en una situación de pánico incontrolado.
-Esto no es normal -comentó Carmela con la barbilla clavada en el escote y tratando de despegarse la camiseta mojada de una masa de grasa en el abdomen con la que convivía desde las últimas navidades.
-Parecer fuego dragón chino -se quejó Xiu Mei que se abanicaba sin parar.
-Esto es culpa del cambio climático -aseguró María Victoria.
-Pues no me extraña, ¿ustedes han visto la cantidad de laca que se echa la presidenta para sujetarse los cuatro pelos que tiene? -se quejó Eisi mientras encendía un cigarrillo.
-Por favor, alguien ha visto a mi hermana -volvió a preguntar Brígida destilando cada vez más sudor.
La Padilla intentó tranquilizarla pero sin acercarse mucho a ella que empezaba a oler a rancio.
-Perdón que les interrumpa, señores -preguntó de repente un desconocido que bajaba las escaleras envuelto en un traje chaqueta y con la cara empapada-. ¿Les interesa una enciclopedia?
-¿Y usted quién es? -preguntó María Victoria.
-Vendo a domicilio. Vi la puerta abierta del edificio y pensé: aquí seguro que me compran el tomo que me queda.
Yeison nos miró con los brazos en modo excusa: "No puedo estar en todo".
-¿Y qué tomo le queda?
-El que va de la P a la T
-¡Que suerte! ¿Podría mirar un segundo en la ese de sudores a ver qué dice? -le pidió la Padilla.
-Por favor, eso lo podemos mirar en gugel -le recordó Eisi haciendo eses con el humo del cigarro.
-¡Ni se les ocurra encender el ordenador! -gritó María Victoria-, he oído decir que es lo peor para el calentamiento.
-¿Alguien ha visto a mi hermana? -insistió Brígida.
Todos negamos con la cabeza pero un grito inesperado nos obligó a parar en seco. Era la voz de Carmela.
-¡Aquí! Rápido. He encontrado a Úrsula.
Salimos corriendo como hordas desbocadas hacia el rellano del primero.
-¿Dónde? -preguntó su hermana desquiciada.
-Ahí -señaló Carmela.
-Pero si eso es un charco -dijo decepcionada María Victoria.
-Es ella. Se ha derretido con este calor horroroso.
Al escuchar aquello, la Padilla sintió que un fuego interno le recorría el cuerpo y le arrancó el abanico a Xiu Mei.
-Rápido -apremió Carmela al vendedor de enciclopedias-, busque ahí cómo se puede pasar a una persona del estado líquido al sólido.
-¿Y eso por qué letra lo busco? -preguntó agobiado.
-Por la I de imposible -respondió Eisi.
-Pero es que este es el tomo de la P a la T -recordó él.
-Pues, entonces, tenemos que recuperar el tomo de la I. ¿A quién se lo vendió? Intente acordarse -le ordenó Carmela mientras lo zarandeaba.
-A una señora que encontré antes de entrar al edificio -confesó temblando de tanto meneo.
La temperatura era cada vez más alta y Xiu Mei cayó desplomada.
-¡Vamos a morir todos! ¡Wi gona dai! -vaticinó Yeison.
-¡Basta ya! -gritó doña Monsi que, en ese momento, entraba de la calle con un libro en las manos.
-Ella fue la que me compró el tomo -la identificó el vendedor.
-Sí. Quería ver si la imbecilidad tiene cura pero acabo de comprobar que no -sentenció al ver cómo Brígida le hablaba a un charco de agua.
La tensión crecía por momentos. De pronto, el sonido del ascensor atrajo nuestras miradas. El aparato se detuvo y esperamos ansiosos a ver quién salía de allí.
-¡Úrsula! -gritó Brígida al ver a su hermana de cuerpo entero.
-¿Pero dónde demonios estabas? -preguntó Carmela.
-Ay, niña, que me pasé por el banco a firmar las políticas de privacidad y he estado más de dos hora con el lío ese. Estaba ya desesperada y vine corriendo porque me dejé el puchero al fuego. ¿No notan el calorcito?

lunes, 21 de mayo de 2018

HAY FLECHAS Y NO SON APACHES
Fue ver a la nueva farmacéutica y Eisi empezó a sufrir los estragos del amor. Tanto es así que el miércoles una ambulancia se lo llevó a Urgencias, aquejado de un fuerte dolor en el pecho. Brígida le echó la culpa a Cupido y a su manía de atravesar corazones disparando flechitas, así que, temiendo que la siguiente fuera ella, corrió como alma que lleva el diablo para encerrarse en casa. Al parecer tiene verdadero pánico al amor. En medio de la huida, la mujer tropezó y rodó escaleras abajo como las pelusas. Quedó tirada en el suelo despatarrada de tal forma que, cuando vinieron los de la camilla, no sabían si hablarle a la cabeza o a la pierna derecha. En apenas cinco minutos se habían llevado a dos vecinos del edificio al hospital.
Ante semejante panorama, Yeison decidió activar el protocolo de emergencias.
-Halcón rojo a bestia parda -gritó a través de la megafonía del edificio.
-¿Pero qué pasa ahora? -gritó Carmela.
-Alguien voló sobre el nido del cuco -contestó él.
-¡Habla en cristiano, hombre! -protestó la Padilla.
-Tengo que hablar en clave por si nos escucha el enemigo. Estamos ante un código rojo extremo y por eso he activado el protocolo.
-¿Y quién te manda a activar nada? La presidenta soy yo -le recordó doña Monsi.
-Y yo, el encargado de la seguridad del edificio.
-¿Seguro? -preguntó la Padilla.
-De eso no tengo. Yo voy a la sanidad pública.
-Pues, chico, vuelve a pedir cita.
-Bueno, ¡basta ya! -interrumpió doña Monsi mientras le hacía un gesto a Yeison para que explicara la emergencia.
-Señoras, estamos cayendo como moscas. Primero Eisi y, después, Brígida. De continuar con este ritmo de bajas, no nos quedará más remedio que poner en marcha el plan de repoblación inminente. Si no lo hacemos, el edificio se quedará totalmente vacío y desaparecerá para siempre.
Aquellas palabras nos dejaron heladas. Bueno, no sé si fue eso o que la puerta del portal se había quedado abierta y entraba una corriente de aire que tumbaba patrás. María Victoria tragó saliva y preguntó.
-¿Y qué podemos hacer? ¿Reproducirnos?
-Esta tía solo piensa en eso -se quejó Carmela.
-Lo primero es encontrar al culpable de todos nuestros males. Se llama Cupido.
-¿Y cómo sabremos que es él? -preguntó María Victoria.

-Va desnudo -explicó Yeison.
-¡Vaya! -exclamó Úrsula.
-¡Vayamos! -exclamó María Victoria.
De pronto, un golpe seco llamó nuestra atención.
-Habrá sido una pelusa contra la pared. La nueva camada viene con fuerza -comentó Carmela.
Un suspiro volvió a captar nuestra atención.
-Ay, amor mío, qué guapo eres -le susurró la Padilla con voz enamorada a Yeison.
-¡Atrás! -alertó él, apartando a la mujer que le estaba poniendo morritos con los ojos entornados-. El diosito volador le ha disparado una de sus flechas a la Padilla.
-¿Dónde está? -preguntó Carmela con la fregona en alto a lo Star Wars.
-Déjate de tonterías. Hay que esconderse.
Alguien señaló el ascensor. Aunque costó encajarnos, al final lo conseguimos. La Padilla continuaba bajo los efectos de la flecha amorosa y no separaba sus labios de no sé qué parte del cuerpo de no sé quién de nosotros. En aquel aparato, todos éramos una masa común.
Allí permanecimos al menos tres horas. Cuando ya no quedaba oxígeno y aquello empezaba a oler a humanidad, Carmela propuso abrir la puerta y arriesgarnos a un disparo del niño alado. Con cuidado, asomó la cabeza y un corrientazo de aire le recordó que la puerta del portal seguía abierta. En el suelo, tres plumas, confirmaban que Cupido se había marchado.
-El pájaro ha abandonado el nido -anunció Carmela y salimos de allí disparados como el corcho de una botella.
La masa compacta de nuestros cuerpos terminó en el suelo. Unos sobre otros. Hubo un silencio que solo rompió la Padilla con un "te quiero amor mío".
-Un señor que pasaba por delante del edificio vio el desaguisado y avisó a una ambulancia. Por suerte no hubo que activar el plan de repoblación inminente porque, en ese momento, Eisi y Brígida regresaban del hospital.